Más de 400 menores se encuentran tutelados en Almería: es la provincia con menor porcentaje de familias de acogida de toda la comunidad andaluza.
Reportaje de Antonio Gil. Fotografías de Alfredo Romero. Publicado originalmente en IDEAL el 20 de octubre de 2024.
Carlos apenas tiene catorce meses de edad y lleva ya un año internado en el centro de menores Indalo de Almería. Es el más veterano de todos. Camina con la misma soltura y firmeza con la que sortea su azarosa situación. Muchos de sus compañeros han tenido mejor fortuna: unos han sido adoptados, otros han pasado con familias de acogida, a algunos los han derivado a centros residenciales y otros tantos han retornado con sus familias biológicas. Pero Carlos sigue ahí, en el mismo lugar, anclado a un edificio, enfrentándose al incierto paso del tiempo. Pendiente de un mejor destino.
Mientras tanto, cada semana tiene una visita con su madre. Solo una hora semanal es el enlace que viene teniendo con la mujer que alumbró su vida. Fueron unas circunstancias sobrevenidas las que los llevaron a separarse. Una negligencia puso en riesgo la salud de Carlos, entonces un pequeño neonato. Ahora es uno de los ocho bebés que permanecen en este centro, uno de los más grandes de Andalucía.
La razón por la que Carlos aún sigue internado en este centro es porque no hay suficientes familias de acogida. Su situación es compleja: no puede pasar a adopción, ya que el Equipo de Tratamiento Familiar (ETF) de su municipio está trabajando con la familia biológica para subsanar las circunstancias que provocaron el desamparo. Existen posibilidades de que pueda regresar con ella, si bien todo depende de la buena evolución que demuestren los progenitores para otorgar garantías de bienestar y buen cuidado al niño.

Rafaela Calatrava conoce bien estas situaciones. Es psicóloga del ETF del Ayuntamiento de Vícar y explica qué hace la administración cuando hay opciones de que la familia recupere a su hijo: si existen criterios de recuperabilidad, el Servicio de Protección de Menores (SPM) elabora un plan personalizado de intervención. «A través de este plan se propone a los padres unos objetivos a alcanzar, destinados a reducir o eliminar los factores de riesgo que dieron lugar al desamparo», matiza.
Carlos se encuentra en ese limbo, ajeno a los avatares que le depara la vida. No le queda mejor alternativa que la espera, confiado a que su familia restablezca el orden y él pueda regresar con ella lo antes posible. Lo ideal hubiera sido haber encontrado una familia de acogida, un hogar que, mientras tanto, le regale apego, seguridad emocional, cariño, abrazos y todo lo que un ser humano de su edad necesita.
Una lona de rayas amarillas y marrones intercaladas proyecta una sombra sobre el patio que favorece el clima matutino. Los niños y las niñas sonríen con una brillantez que se va apagando. «Lo que demandan es afecto», explica Melche Martínez, subdirectora del centro. La separación que sufren de su entorno familiar es lo que mayor daño emocional les ocasiona y, en consecuencia, les cuesta bastante adaptarse al centro. «La mayoría quieren visitas, ya que el apego que tienen con sus familias es muy importante para ellos; no obstante, algunos niños y niñas están encantados de estar aquí, sobre todo si proceden de entornos donde han vivido en condiciones infrahumanas», añade.

Hace más de un año, en primavera, saltó la voz de alarma, cuando empezaron a repuntar considerablemente los ingresos de niños y niñas en los centros de menores. En varias semanas se registraron 15 entradas. Solo uno de esos menores consiguió salir con una familia en un intervalo de tres meses. La estadística continúa arrojando datos alarmantes.
El delegado de Inclusión Social, Juventud, Familias e Igualdad de la Junta de Andalucía en la provincia de Almería, Francisco González Bellido, asegura que esta suerte adversa y aciaga «está siendo una cuestión de primer orden para la Junta de Andalucía».
La mayoría de las familias atendidas en Almería destaca sobre el resto de las provincias andaluzas por presentar un perfil con un nivel socioeducativo más bajo: casi la mitad no ha finalizado los estudios obligatorios y un 7,9 % son analfabetos. Los principales factores de riesgo que llevan al desamparo de un menor, según explica la psicóloga Calatrava, derivan de un entorno vecinal de peor calidad, de carecer de las suficientes competencias parentales y de no contar con unas mínimas condiciones de seguridad en la vivienda. El hacinamiento, la ocupación de casas y la falta de luz y agua corriente ejemplifican las circunstancias situacionales que ponen en riesgo a los niños, niñas y adolescentes.

Malos comportamientos, problemas psicológicos, la exposición de los menores a violencia de género y el absentismo escolar fueron las principales causas que llevaron a centenares de niños y de niñas a que fueran atendidos por los ETF en 2023. Nada más que en la provincia de Almería, 423 menores se encuentran tutelados por la Junta de Andalucía. Solo el 32,62 % vive con familias de acogida; el resto tiene una crianza institucionalizada, es decir, reside en centros o residencias de menores. Almería es la provincia andaluza con menor porcentaje de familias acogedoras, siendo Córdoba la que ostenta el mayor número, donde hasta un 59 % vive en un hogar. El promedio de la comunidad autónoma es del 48,01 %.
La calma y la serenidad reinan en el centro Indalo. Todo está ordenado. Los niños y las niñas visten radiantes con su lustroso calzado mientras juguetean o ven el televisor. Pero la realidad es metafórica. Este sosiego entraña una vorágine de trabajo que exige cinco equipos de cuatro educadores cada uno, en tres turnos diferentes, para atender a los 35 menores de la residencia. El personal que trabaja en estas instalaciones es más del doble que el número de niños y de niñas que permanecen internados.

Melche lo describe como un «desacarreo», dado que no solo requiere del cuidado de los menores en las instalaciones del edificio, sino que se hace imprescindible cubrir necesidades que solo pueden hacerse en el exterior: «Las adolescentes suelen presentar problemas de salud mental, los más pequeños precisan de los servicios de atención temprana, por lo que tenemos que desplazarlos hasta los centros sanitarios, al igual que las citas médicas y la escolarización, y todo el trabajo administrativo que ello conlleva».
Tres de cada mil menores se encuentran tutelados por la Junta de Andalucía en la provincia de Almería, ratio que se eleva hasta 3,19 en el promedio de Andalucía. «La responsabilidad que conlleva dirigir un centro de estas características exige una disponibilidad de 24 horas diarias. En cualquier momento puedes recibir la llamada de la policía advirtiéndote de que te traen a un menor», detalla Adela Navarro mientras nos muestra la zona exterior de la residencia.
El patio es amplio, confortable y está repleto de juguetes. Sobre un suelo de madera, una niña sostiene una muñeca de trapo. Con un rostro atónito, guía su mirada hacia el fotógrafo, cuya presencia rompe su diaria monotonía y clama la atención de los nuevos visitantes. Carritos, hamacas, correpasillos y triciclos forman parte de los cachivaches que hacen del tiempo un mejor divertimento.

Fuera del centro existe multitud de familias. Cada una con su idiosincrasia. Y cada una con sus problemas, que no siempre saben gestionar. Los desórdenes y desestructuras familiares se extienden por cada parte del territorio. Cientos de niños y de niñas se crían fuera de sus núcleos familiares por esta incandescente guerra social.
Los Servicios Sociales utilizan un instrumento para la valoración de las situaciones de riesgo, desprotección y desamparo de la infancia y adolescencia en Andalucía, el cual ayuda a los profesionales a unificar criterios con relación a los tipos de desprotección que están presentes y el nivel de gravedad. Rafaela Calatrava explica que, «si se determina que el nivel de gravedad es muy elevado o elevado, se informa al SPM, que es la entidad competente para resolver si se interviene en el medio o se adopta una medida de protección».
La gravedad del caso se valora, por un lado, a través del impacto que el comportamiento de los progenitores tiene o puede tener en los menores en su salud, bienestar y desarrollo físico, psíquico, social o cognitivo; y, por otro lado, por la edad de los menores y/o si presentan discapacidad. Los menores de 6 años son los más vulnerables.
En el ala oeste del centro Indalo se encuentran las dependencias que albergan al grupo de adolescentes, jóvenes que tienen un rango de edad que oscila entre los 13 y 15 años. «Son más problemáticas, pues suelen estar bastante más afectadas —por su recorrido de vida— y algunas de ellas proceden de acogimientos fracasados», explica Melche. Las directivas de esta residencia se felicitan porque se ha reducido el promedio de estancia de los niños y las niñas. «Intentamos que un menor no esté aquí más de seis meses», plazo que suele excederse cuando se producen reagrupaciones familiares.
«Te da mucha pena que estén seis meses aquí y después se vayan a un residencial, y no con una familia»
Adela asegura que los niños saben que su permanencia en el centro es estacional. Advierte que es imprescindible y fundamental que se acorten los plazos de estancia. El caso de Carlos es insólito. Un menor como él no debe permanecer más de tres meses en el centro. Debe proveérsele una situación más estable dentro de ese intervalo de tiempo. La Ley de Infancia y Adolescencia de Andalucía regula que solo pueden vivir en centros de protección de menores los niños y las niñas mayores de 13 años. Y fija unos plazos de forma taxativa: los menores de 7 años pueden vivir en estos centros 3 meses como máximo, plazo que se eleva hasta los 6 meses si el menor tiene entre 7 y 13 años.

Allí estuvo Marina, quien conoce perfectamente cada rincón de estas instalaciones. Ya era adolescente cuando el desdén del destino la trajo a este lugar junto a sus cuatro hermanos pequeños. Allí permanecieron cuatro meses y, después, los trasladaron a otra residencia de la provincia. «Tocaron a la puerta. Pensaba que eran unos vecinos que querían preguntar por mi madre. Pero era un equipo de Servicios Sociales que venía acompañado de dos policías, más otros dos agentes que esperaban en el portal», recuerda con cierta pesadumbre el momento en el que tuvo que abandonar su casa, su hogar, el lugar que la vio crecer.
Ahora trata de despojarse de esas rémoras que la inquietan y cumplir el sueño de salir del centro para irse a vivir con su hermano mayor. Ya desde pequeña aprendió a soslayar con cierta habilidad las dificultades que, sin pedirlas, la acechaban. Unas veces, sumida en la consciencia y, otras, en la ignorancia, hizo de madre desde bien joven. «Mi madre no trabajaba, nos dejaba solos en casa», recuerda nombrando a sus cuatro hermanos pequeños, que ahora tienen un rango de edad que oscila entre los 4 y los 14 años, y a quienes cuidaba en ausencia de su progenitora.
Marina ya intuía que algo sucedería. «Sospechaba que algún día esto podría pasar. Teníamos muchos problemas y mi madre tenía citas continuamente con la trabajadora social», explica sentada en el banco de un parque, ese parque que tanto le gustaba frecuentar para verse con sus amigas.
Marina tiene cinco hermanos más, todos ellos mayores de edad y con sus vidas corrientes. De una madre y tres padres diferentes. La mitad internados en centros de menores y la otra mitad con una vida normalizada. Esta adolescente revive el estado de shock que sufrió cuando sus hermanos y ella tuvieron que subir al coche que los llevaría al centro Indalo. Subieron todos menos uno, que se encontraba en el colegio y que, posteriormente, llegó al centro con otro equipo.
No sabe bien si fue un presagio o la propia responsabilidad que le caracteriza la que le llevó esa mañana a no ir al instituto. «Ese día no fui porque mi madre no estaba en casa y no me cogía el teléfono. No quería dejar solos a mis hermanos», explica con enorme madurez y sentido de la responsabilidad.
«Cuando tocaron el timbre, mis hermanos estaban durmiendo. Subieron al coche medio dormidos», prosigue, argumentando que la relación con su madre siempre fue buena. Nunca pasaron hambre. Tampoco sufrieron malos tratos. «Mi madre no trabajaba y, a menudo, nos dejaba solos», añade. Navegaban a la deriva, como un barco sin rumbo. Desde que los internaron en el centro Indalo, su madre los visitaba cada semana con puntualidad, hasta que se fue de la provincia en búsqueda de trabajo. «Ahora conversamos por teléfono unas tres o cuatro veces por semana», dice.
Esta chica es consciente de la dificultad que tiene para encontrar una familia de acogida. La edad es un hándicap, como también lo es que sean un grupo de hermanos. En Almería escasean las familias de acogida. No hay suficientes. Casi 7 de cada 10 niños y niñas que están tutelados por la Junta de Andalucía crece en centros o residencias de menores. Lejos de una casa, lejos del calor de un hogar.
Marina abraza la esperanza de que muy pronto saldrán de la residencia para vivir con su hermano mayor de 26 años. El ETF está trabajando con él y parece que todo apunta en buena dirección.
Estas historias son solo unas cuantas de las muchas que entran y salen de los centros y familias de acogida. Cada semana, cada momento. Son un ir y venir de niños y de niñas, un flujo de criaturas inocentes guiado por las riendas del azar.
Al pasar el barrio de Pescadería, un fuerte ramaje alzado da frescor y verdor a la ciudad. Un paisaje impropio de Almería, donde todo es luz y claridad. Muy pocos lugares urbanos de la provincia concentran tan portentosa y sombría vegetación. Una senda de vigorosos ficus, de troncos rectos y copas frondosas, se extiende a lo largo del Parque Nicolás Salmerón. Frente al malecón del puerto, se erige con fulgor un edificio burgués del siglo XIX. Es la sede de Cruz Roja en Almería.
Allí trabaja Mari Carmen González desde 2006 como responsable de Acogimiento Familiar de esta organización en la provincia. Esta trabajadora social dirige un equipo multidisciplinar compuesto por psicólogas, educadoras sociales, trabajadoras sociales y otras profesionales. Es una de las personas con mayor conocimiento sobre acogimiento familiar en la zona.
Mari Carmen le lanza una batalla al tiempo. Y siempre lo tiene presente. Defiende que debe acortarse al máximo el período que un menor pasa en un centro, incluso con una familia de acogida. Debe lograrse cuanto antes una medida estable para el niño o niña, pues la percepción del tiempo para ellos no es igual que para los adultos. «No se puede alargar el tiempo extendiendo oportunidades a las familias, porque los niños siguen creciendo», argumenta con perspicuidad. «La prioridad tiene que ser el niño o la niña, no la familia biológica o la de adopción», matiza.
Algunos niños, como Carlos, el primer personaje de este reportaje, se encuentran en una encrucijada: han pasado su primer año de vida en un centro de menores. Fuera de su familia biológica, fuera de una familia de acogida y fuera de una familia adoptiva. Carente de apego. Mientras, pasa el tiempo y Carlos sigue creciendo en una residencia bajo una crianza institucionalizada.
La identidad y la historia de vida son tan importantes como el tiempo. «Si el menor, finalmente, va a adopción, tiene derecho a saber su historia familiar y, por eso, también le estamos dando tanta importancia a que los niños y niñas conozcan su historia de vida y no tengan huecos». Las familias de acogida elaboran un libro que recopila los datos más importantes del niño o niña. Su nacimiento, cómo crece, si padece alguna enfermedad, su primer diente, sus cumpleaños… Es su historia de vida, y nadie la puede cambiar. Va con él o con ella. Y tienen derecho a conocerla, pues se trata de su identidad.
La situación es preocupante. Lo verifica la evolución del número de menores y de familias que Cruz Roja ha atendido en un quindenio. En 2006, el primer año que intervino como SAAF, gestionó 16 casos de menores y de 10 familias con 39 supervisiones de contactos. En 2021, quince años después, lo hizo con 176 niños y niñas, 139 familias y 846 supervisiones. Las cifras afloran una realidad que no puede enmascararse. La misma realidad que cuesta incorporar a nuevas familias de acogida que ayuden a cientos de niños y de niñas que necesitan un hogar.
El momento idóneo para acoger es cuando las familias identifican que están en uno de los mejores momentos de su vida. Hay circunstancias que no lo aconsejan y, a pesar de que se necesitan familias acogedoras, no puede obviarse la situación actual en la que se encuentran.
Mari Carmen así lo explica: «Nosotros, como Servicio, tenemos que ofrecerle unas garantías al Servicio de Protección de Menores de que los niños y niñas van a estar bien atendidos, pero, a la vez, tampoco podemos obviar las dificultades que pueda estar atravesando la familia que se ofrece». Cruz Roja trabaja con un modelo teórico que se basa en las capacidades de las familias para cubrir las necesidades de los menores. Hay diferentes requisitos según la modalidad de acogimiento familiar. También es distinto si el acogimiento se va a producir en familia ajena o si es en familia extensa.
«Hay familias a quienes, en el momento del estudio, se les han visto indicios de no idoneidad y se ha suspendido el proceso durante un tiempo, retomándolo después con idoneidad. En todo caso, nosotros proponemos, pero la última decisión la tiene el Servicio de Protección de Menores», añade la responsable de Acogimiento Familiar en Almería.
Carlos y Marina son nombres ficticios, pero esconden una historia real. Cada una de ellas refleja la situación que, desafortunadamente, padecen miles de niños, niñas y adolescentes en cualquier parte del territorio.
Artículo original: SOS: Almería busca familias de acogida — IDEAL.


